Hermann Bellinghausen: Unos lentes

Written By Unknown on Selasa, 07 Mei 2013 | 15.16

E

l cree ser mi dueño, mis lentes, dice, pero yo bien sé que es al revés: él me pertenece. Sin mí es un inválido, una isla rodeada por la bruma, un cero a la izquierda, pierde contacto con los signos del mundo. Él, que vive para observarlos, leerlos, dibujarlos. Su cerebro se nubla, sus pies tropiezan desconcertados, dudan. No es un ciego, está acostumbrado a ver gracias a mí, así que carece por completo de las destrezas de los invidentes.

Trato de no ser arrogante ante su obvia dependencia. Soy sólo un instrumento para sus humanos fines. Permítanme presentarme: soy Sus Lentes, a la orden. Nos conocimos hace unos años, sobre el mostrador de una óptica. Vidrios y espejos por dondequiera, y en las vitrinas centenares de modelos de lentes. Días atrás él había elegido la moldura y ahora me pasaba a recoger. Los lentes anteriores se le habían roto, los trajo semanas en muletas, pegados con diúrex, desbalanceados. Le daban un aspecto ridículo, además.

Desde el primer instante fue feliz conmigo. Un mundo prístino y colorido se abría de nuevo. Ignoro qué sucedió con mi predecesor, debe yacer en el panteón de los objetos obsoletos en algún cajón desordenado, su maltratado estuche entre botones, limas, tuercas, llaves sin puerta que abrir, piedras obtusas, balines, reglas, enchufes viejos, centavos fuera de circulación. Y bueno, hablando de estuches, tengo uno, como es natural, pero rara vez lo visito. Casi ni lo conozco. Mi condición bifocal hace que mi dueño me use para lo lejos y lo cerca, en el teatro y en la intimidad de la lectura (esa dimensión múltiple que de otro modo le resultaría, ya no digamos ilegible, invisible).

Lo acompaño en sus actividades e inactividades, cuando se traslada y cuando encalla, en reuniones, experiencias públicas, horas de estudio, la contemplación del paisaje que tanto disfruta. No desdeña ninguna clase de mirador, balcón o azotea, adora las ventanas de adentro para afuera, lo mismo en casas que aviones, trenes o submarinos.

Ávido veedor, nació cegatón el pobre, y sus padres tardaron en darse cuenta. Los primero anteojos lo recibió a los seis años y quedó enganchado, mamá, qué grande estás, qué grande la casa, qué alto el techo, qué bonitas las flores. Silenciosos y discretos, los lentes nos hemos sucedido, cabalgando sobre el tabique de su nariz desde entonces, prendidos a sus orejas. Muchos ha tenido, y singulares angustias le causaron en situaciones poco claras. Sin embargo, estoy seguro que, cual zapatos viejos, no los recuerda. No como recuerda a las mujeres que ha amado o las casas que habitó.

¿Pupilentes? Nunca le acomodaron. No soporta que algo le toque las conjuntivas. Y prefiere no experimentar cirugías ni es elegible para procedimientos con láser. Lo suyo es irremediable, aunque no progresivo. O en todo caso lo es como la vida misma, que como se sabe tarde o temprano lleva a la muerte.

Aquí llegamos a un punto donde yo dejo de ser indispensable: en los pasajes amatorios sencillamente estorbo, se deshace de mí con cuidado, pero de inmediato, y entonces navega a tientas; el sabrá lo que ve y toca ahí. A veces en el beso del encuentro me enreda la cabellera de la dama y provoco una situación embarazosa que él resuelve haciéndome a un lado, si todo va bien. O, y lo digo con tristeza, para que todo vaya bien.

Pero de lo que verdaderamente siento celos es de la noche, cuando me coloca en la mesilla antes de dormir, y se interna en un país de imágenes y sensaciones donde todo lo ve sin muletas y yo me pierdo de lo que vive y ve. Sólo allí es libre de mí. Porque ni siquiera en la memoria se libra de mis servicios. La mayoría de sus recuerdos ingresaron a su mente a través de estos dos cristales de graduación asimétrica, o de otros similares.

Sé que algún día un tropezón me estrellará contra el cemento, o en un cabeceo (o en un escarceo) me aplastará por ponerme donde no. O caeré al suelo y minutos después me pisará fatalmente. O simplemente se aburrirá de mi aspecto, le pareceré anticuado, aburrido, los rayones en los cristales serán molestos. Querrá un aspecto más serio, o informal, más sexy, joven, intelectual. Volverá a la óptica, se someterá al escrutinio del especialista, recibirá de él una nota escueta que en el mostrador le canjearán por mi sucesor. Ese momento terrible será el principio de mi fin, cuando elija nueva moldura, atento a los aires de la moda, al alcance de su bolsillo y a la idea que últimamente se haya hecho de sí.

Iré al cajón de los tiliches, listo para las emergencias, se supone, con la conciencia tranquila de la misión cumplida durante mi vida útil de acuerdo al azar y la resistencia de los materiales. Dioptrías más o menos, él seguirá viendo, me olvidará enseguida. Sólo yo preveo, con nostalgia del futuro, todo lo que gracias a mi sucesor hará y verá. Quisiera desearles suerte, pero no sé si pueda. Extrañaré el espacio abierto donde fui ventana, odiaré este cajón.


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