Hermann Bellinghausen: Rebelde sin vergüenza

Written By ichan adiya on Selasa, 21 Oktober 2014 | 15.16

E

xiste una pequeña joya olvidada del cine mexicano que por décadas permaneció en el circuito universitario donde se había producido. Hoy se localiza en YouTube: Crates, opera prima de Alfredo Joskowicz, con Leobardo López Aretche como protagonista y autor del guión. Rodada con tres pesos en blanco y negro, y casi de milagro, con escaso sonido directo, si alguno, fue vista en su momento como una secuela, radical ciertamente, del 68. Los autores adaptan Crates, cínico, una de las Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob, al contexto mexicano de 1970, la capital y algunos alrededores rurales o infraurbanos, con ánimo apacible pero dislocado de la esfera humana. Es la historia del hombre que un día decide regalar sus posesiones y su dinero.

De Tebas del Distrito Federal, la fábula amoral que plantean los noveles cineastas se toma bastantes libertades con el relato original, con resultados perturbadores, aunque su final abierto y optimista suavice la crudeza de Schwob, recurriendo a un lirismo visual (la cámara es de Toni Kuhn) de paradojal belleza, aún en los pasajes más escatológicos. Son de los primeros cineastas mexicanos que egresaron de una escuela de cine, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, ni modo que se sustraigan al embrujo del gran cine nacional, aunque su influencia más próxima sean la nouvelle vague y el primer Pasolini.

A las puertas de una residencia en Chimalistac, un conductor de televisión llega a regalar, en nombre de su empresa, algunos artículos del hogar, pero la señora de la casa resulta ser Crates, que en ese momento se deshace de todo, así que amigos y desconocidos saquean libros, discos elepés, muebles, cuadros, objetos. Crates dilapida el dinero y se tira a la calle. Los tebanos se echaron a reír y se agolparon frente a su casa. Sin embargo, Crates se reía más que ellos, dice el texto de Schwob. Llegó a Atenas y anduvo al azar por las calles, y a ratos descansaba apoyado en las murallas, entre los excrementos. Practicó todo lo que aconsejaba Diógenes; sin el tonel, que le pareció superfluo. Quedó completamente desnudo entre las basuras y recogía cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado para llenar sus alforjas. Decía que sus alforjas eran una ciudad vasta y opulenta donde no había parásitos ni cortesanas, y que producía en cantidades suficientes tomillo, ajo, higos y pan que satisfacían a su rey. Así Crates llevaba su patria a cuestas, que lo alimentaba. No se inmiscuía en los asuntos públicos, ni siquiera para burlarse, y tampoco le daba por insultar a los reyes.

La rebeldía del inmóvil puede confundirse con la inacción. Este rebelde no busca llamar la atención, convocar ni nada, sólo se hace a un lado, pensando con ternura en los hombres y las mujeres, dejándolos pasar. ¿Ejemplo? Pues allá quien lo siga. Ni lo pretende.

Es formidable la presencia de López Aretche como Crates, a quien no le importa ir en harapos o desnudo, defecar y aparearse en la vía pública, orinar los muros y los pantalones de los policías, o disputar desechos a los perros, sus iguales. Camina a media avenida por la Urbe abrazado de su querida Hiparquia, una niña rica enamorada de él que lo sigue junto con Metrocles su hermano (Schwob lo llama discípulo). Hiparquia abandonó el pueblo de Maronea desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con un antiguo lienzo, y vivió con Crates, vestida como él. Son tiernos y jipis, y tienen un hijo, Pasicles. Este dato Schwob lo pone en duda, pero en la película el parto es una de las secuencias culminantes, y al final la familia de tres camina entre campos y bosques, alejándose. Un final más misericordioso que el de Schwob, que lo deja morir de hambre en un tiradero de El Pireo.

Leobardo se dio un tiro tres meses después de rodar Crates. Su naufragio resulta paradigmático para su generación. Representante estudiantil en la huelga del 68, preso político en Lecumberri torturado con inexplicable saña, salió mal de prisión. Logró terminar, también con Joskowicz, el documental del movimiento estudiantil El grito. Desde un principio, ver Crates era encontrarse con Leobardo desatado, trágico, pleno, hipersensible, rabioso, siguiendo la enseñanza histriónica de su maestro Seki Sano. Su karma marcó durante décadas la marginalidad de la película. Que el actor fuera autodestructivo no hace que Crates lo sea, por el contrario, en la fabulación del filme el rebelde se queda a vivir tranquilamente su rebeldía cínica.

Crates pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin ninguna ayuda exterior. Si la mugre lo incomodaba se frotaba contra las murallas imitando a los asnos. Poco hablaba de los dioses: no le importaban, qué más le daba que hubiera, si sabía que no podían hacerle nada. Los poderosos le importaban tan poco como los dioses, sólo los hombres le preocupaban, y la forma de pasar la vida con la mayor sencillez posible. Esto conecta con el espíritu contestatario del 68, al día siguiente de la rebelión destrozada.


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